Nos abrazamos. La tierra, seca de sol, se nos pega en la cara, y así florecen por tus pómulos el aroma de todos los jazmines del verano, bailan todas las hojas con el rocío y cada lunar de tierra que se forma en tu mejilla es la semilla de una sandia. Silba el viento más calmo por nuestros brazos que nos protegen de todo, bajito, apenas perceptible, y te acomoda el pelo detrás de la oreja con su mano más frágil y cuidadosa, con la precisión del pájaro que suma un palito a su nido y se refugia a soñar entre cantos que sus alas son el cielo. Y nos separamos apenas para vernos por los ojos desde el alma, jugamos al fallido desencuentro de miradas, a lo inútil de saberlas lejos, a su brillo, el mejor juego; resistir aquello irresistible, hacemos del tiempo un instante eterno. ¿Cómo matar lo que nos da vida aquí? El aire solo borra la distancia entre el amor que se tiene, y el que se da. Una caída en su ingravidez, una más, y el dolor es un sueño que nos recordó que no nos buscamos los ojos en la luna solitaria y blanca, rodeada de millares de estrellas. Nos preguntamos qué sueños cobijamos en el silencio, qué muerte vencieron. Nos besamos, todas las olas del mar nos cubren desde la unión de los labios que se vuelven peces de colores y surcan la sal entre mariposas. Y así, rendidos, saboreamos la misma eternidad de los ojos, y somos húmedos y conscientes: Lo atroz del mar es provocar sed.
14 febrero, 2013
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